miércoles, 17 de abril de 2013


CARTA DE UN RÍO A UNA CORDILLERA

Te escribo esta carta y te preguntarás quién soy.
Hace tiempo que no soy nadie; o tal vez lo soy todo:
Siento que nazco por un extremo y a la vez siento que muero por otro.

Lo que voy a decirte igual te parece del todo absurdo, como a más de uno parecerá, pero no puedo seguir ocultando lo que siento por ti. Todos los días intento torcer un poco mi cauce para estar más cerca de ti. Sueño que formo parte de tu dominio. Me imagino recorriendo tu curvulento contorno, agarrándome a tus placas tetónicas y erosionándote lentamente en un clima donde alcanzar el clímax. Y otro y otro y otro más, hasta que esta serie de climas se convierta en una cliserie. Y evaporarme gracias a ti y disfrutar después de la calma del estiaje a tu lado. Como verás no tengo balance hídrico: mis recursos son infinitos y de momento no tienen relación con el consumo que se hace de ellos. Ya ves, incluso por ti he aprendido a escribir cartas (y sin faltas de orografía).
Me he enterado de que un árbol del bosque caducifolio ha intentado seducirte: con su tronco rectilíneo, alto y de madera semidura. Se está poniendo muy chulito y se está creciendo mucho, y como un día me crezca yo, te juro que me le llevo por delante, ¡Y a toda su familia!
Siempre te escribo y nunca me contestas, y estoy  llegando a una depresión de la que nunca podré salir. Ya casi nunca me río. Y cuando sea una ría y ya nunca me ría, mi último pensamiento será para ti y moriré en el mar por no haber llegado a conocer el verdadero significado de amar (tema en el que, verdaderamente, tengo lagunas).
Perdona mi pesimismo. Es que cuanto más me acerco al mar, más pierdo mi dulzura.

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