miércoles, 17 de abril de 2013


BASS PIPE A VARA:

Instrumento informal de viento creado por Gerardo Masana, fundador y excomponente de Les Luthiers que se podría clasificar, siguiendo la clasificación de instrumentos formales, dentro de la familia de los metales, ya que, a pesar de estar hecho de PVC, la forma de producir el sonido se parece bastante a un trombón o una tuba.

Está formado por cuatro tubos dobles de  PVC. En cada  tubo doble, un  tubo se desliza dentro de  otro de  mayor diámetro  produciendo, al igual que en un trombón, distintas notas al variar la longitud de estos. Produce sonidos graves y sordos, y muchas veces es difícil saber si el sonido que produce se puede considerar una nota; de todas formas, no
tiene mayor importancia ya que se utiliza  para hacer de bajo y acompañar la   melodía.

Los tubos en la posición sin alargar, producen, de más grave a más agudo, MI, FA, LA y DO. A partir de ahí los tubos se pueden llevar a tres posiciones que permiten bajar un tono por posición. Si se lleva a posiciones intermedias, produce los semitonos.

Los tubos están forrados con un canalón de PVC, lo que les da fuerza y hace que no se muevan, y cartón, que tiene una función más estética, aunque también asegura los tubos. La campana se hizo con cartón y periódico y se agregó al extremo inferior del Bass pipe.

Es un instrumento muy pesado y su interpretación no sería posible de no ser por el carrito donde va montado, que permite alargar los tubos con bastante facilidad. El carrito está hecho con tablas de madera y debajo se le ha colocado una barra metálica, donde van colocadas las ruedas. Dos cintas de velcro permiten unir y separar el Bass pipe del carrito.




PENSAMIENTOS PARA PERTURBADOS

Pretender producir párrafos poniendo palabras precedidas por “p” puede parecer propósito para panolis, pardillos, pero principalmente para personas pedantes. Pero practicar posibilidades para proporcionar posiciones perfectamente poéticas para palabras, puede provocar pensamientos paradigmáticos; pues pensar produce personas peligrosamente prodigiosas.

CARTA DE UN RÍO A UNA CORDILLERA

Te escribo esta carta y te preguntarás quién soy.
Hace tiempo que no soy nadie; o tal vez lo soy todo:
Siento que nazco por un extremo y a la vez siento que muero por otro.

Lo que voy a decirte igual te parece del todo absurdo, como a más de uno parecerá, pero no puedo seguir ocultando lo que siento por ti. Todos los días intento torcer un poco mi cauce para estar más cerca de ti. Sueño que formo parte de tu dominio. Me imagino recorriendo tu curvulento contorno, agarrándome a tus placas tetónicas y erosionándote lentamente en un clima donde alcanzar el clímax. Y otro y otro y otro más, hasta que esta serie de climas se convierta en una cliserie. Y evaporarme gracias a ti y disfrutar después de la calma del estiaje a tu lado. Como verás no tengo balance hídrico: mis recursos son infinitos y de momento no tienen relación con el consumo que se hace de ellos. Ya ves, incluso por ti he aprendido a escribir cartas (y sin faltas de orografía).
Me he enterado de que un árbol del bosque caducifolio ha intentado seducirte: con su tronco rectilíneo, alto y de madera semidura. Se está poniendo muy chulito y se está creciendo mucho, y como un día me crezca yo, te juro que me le llevo por delante, ¡Y a toda su familia!
Siempre te escribo y nunca me contestas, y estoy  llegando a una depresión de la que nunca podré salir. Ya casi nunca me río. Y cuando sea una ría y ya nunca me ría, mi último pensamiento será para ti y moriré en el mar por no haber llegado a conocer el verdadero significado de amar (tema en el que, verdaderamente, tengo lagunas).
Perdona mi pesimismo. Es que cuanto más me acerco al mar, más pierdo mi dulzura.

MEMORIAS DE UN FLUORESCENTE
(Cuento de triste moraleja)

No puedo recordar cuánto tiempo llevo aquí. He perdido por completo la noción del tiempo. Intento saber algo sobre mí. Intento descubrir si hay alguna razón más allá de todo lo que me rodea que dé sentido a mi pobre y monótona vida. Me repito continuamente lo único que sé acerca de mi existencia, intentando encontrar así las respuestas a todas las preguntas que  me hago.
Llevo colgado en el techo de esta clase toda mi vida, esperando alguna señal que me indique que no solo estoy en este mundo para dar luz a una clase de 2º de Bachillerato.
Sé que no estoy solo, hay más tubos fluorescentes como yo en esta clase. Estamos colocados de dos en dos para que toda el aula quede iluminada. Todo esto lo he tenido que deducir, ya que solo puedo ver al compañero que tengo al lado, aferrado a una chapa metálica igual que yo. Esa misma chapa me impide mirar hacia los lados y no veo al resto de fluorescentes, pero tienen que estar ahí. Miro hacia abajo y hay mucha luz; yo soy incapaz de producir tanta, no soy tan poderoso.
Me intento mover para ver qué hay más allá de esa chapa. Mi compañero de mira de reojo y me pregunta: “¿Qué estás haciendo?”. Yo le intento explicar lo que me intriga saber qué hay al otro lado de esa chapa. Mi compañero, con su actitud seria y borde de siempre, me dice que no me tiene que importar lo que hay a mis lados, y que lo que tengo que hacer es centrarme en mirar hacia abajo y dar luz, ya que ese es mi trabajo. Yo creo que me ha tocado el compañero con menos luces de entre todos los fluorescentes, pero no me apetece discutir con él y miro hacia abajo.
En ese momento veo a un grupo de adolescentes que escuchan la lección del profesor. Ellos saben que deben estar en clase y de vez en cuando se ríen, pero la mayor parte del tiempo se aburren y sueñan que están en otros lugares ajenos a ese aula de estudio. No se imaginan lo bien que los comprendo.
Llevo un tiempo observándolos, sin que nada interesante ocurra. Muy despacio, los empiezo a notar más relajados y sus caras se van iluminando poco a poco. El ambiente se vuelve cada vez más alegre. En ese momento el profesor dice: “Recogemos”, y se produce el momento más esperado por los alumnos. Yo, al ver la felicidad en sus rostros, también me pongo contento, pero en pocos segundos no queda nadie en la clase. Vuelvo a estar solo, con la única compañía del fluorescente más antipático y despegado que he conocido.
Esta es la rutina de todos los días de mi vida.

Un día como otro cualquiera los alumnos entraron en clase y escuché la conversación que tenía un grupo de ellos antes de que la clase comenzara. Mientras hablaban, sus caras se alegraban y solo deseaban que la clase terminara para poder ir a ese sitio que ocupaba completamente sus mentes. Yo estaba maravillado por lo que oía y descubrí  lo que quería hacer en mi vida. “¡Ya sé qué quiero ser!”, le dije a mi compañero. Éste me miró extrañado. “¡Ya sé para qué estoy en este mundo! ¡Para alegrar a los jóvenes!”. Mi compañero me pidió que me explicara mejor. “¡Yo no quiero ser el fluorescente de una aburrida clase de Bachillerato! ¡Quiero ser foco de discoteca!”. Entonces mi compañero se empezó a reír como no le había visto en la vida hacerlo. Me dijo que eso era imposible; que yo nunca sería un foco de discoteca. ¿Por qué se dedicaba continuamente a decirme que yo no iba a llegar a nada más en la vida y a desanimarme cada vez que se me ocurría una de mis brillantes ideas? Le dije que iba a conseguir mi propósito, que sería foco de discoteca y que todo el mundo querría ir a bailar donde estuviera yo.
Como mi compañero seguía riéndose, empecé a hacer lo único que podía: parpadear para que la clase viera lo bien que se me daba. Cuando empecé a encenderme y a apagarme conseguí despistar al profesor, que se quedó mirándome, y poco después a todos los alumnos que sonreían y miraban al profesor. Yo estaba orgulloso por lo que había conseguido, pero de pronto mi compañero me miró y me dijo: “¿Se puede saber qué estás haciendo? No te miran porque parpadeas bien, sino porque has interrumpido su clase. Haciendo esa bobada no vas a conseguir que te pongan en una discoteca, solo conseguirás que el profesor mande poner un fluorescente nuevo. Por mucho que te esfuerces, nunca te verán como un foco de discoteca, y si intentas hacer algo distinto para ellos solo serán un fluorescente roto, así que deja de hacer el imbécil”. Me gustaría poder decir que yo tenía razón, pero lo que todos pensaban era lo que acababa de describir mi compañero. Paré de parpadear y me quedé quieto, mirando hacia abajo, alumbrando a la clase, diciendo adiós a mis sueños y haciendo, como siempre dice mi compañero, mi trabajo.